Spain is different

¿Recuerdan? Tal vez los más jóvenes no, pero quienes pasamos del medio siglo crecimos con esta coletilla. A unos nos llevó a la rebeldía; ¿Por qué hemos de ser diferentes? A otros a la autoafirmación; “Pues mejor para nosotros”. Han pasado más de cuarenta años de pseudo-democracia y…el “Spain is different” vuelve a cobrar sentido.

¿En qué democracia que se precie, aquellos partidos o grupos que pretenden destrozar (Acción de trocear) la nación, tienen cabida en sus parlamentos?

¿En qué democracia, un grupo terrorista “reconvertido”, con más de mil asesinatos a sus espaldas, tiene cabida en las instituciones?

¿En qué democracia, un partido que llevó al país a una guerra civil hace menos de un siglo, y con los mismos planteamientos que entonces, se permitiría a ese partido siquiera existir?

Sólo esto ya nos hace acreedores de esa diferencia en cuanto al fondo. Pero…¿Qué ocurre en cuanto a la forma? Más de lo mismo.

Teóricamente, España es una democracia “representativa”. Es decir; el electorado, usted, yo, todos quienes inocentemente acudimos a las urnas con nuestro voto, estamos dando nuestra voz para que alguien hable por nosotros en el Congreso. Pero ¿Conocemos a ese “alguien”? ¿Lo hemos elegido nosotros para que sea nuestro “representante”?

Recuerden; elegimos a un partido. La papeleta es nominal de un partido, sea este PSOE, PP, VOX o el que sea. Luego, más abajo se detallan una serie de nombres generalmente desconocidos ¡e inaccesibles! Que nos va a “representar”.

Puesto que estamos en una “partitocracia”, se supone, y así lo llevan todos los partidos en sus estatutos, que esos designados para representarnos, para ser “nuestra voz”, son elegidos por los militantes de esos partidos, por sus afiliados. De ser así, lo normal sería que los afiliados, reunidos en asamblea, y tras conocer directamente a cada uno de los “opositores”, eligieran. Y eligieran a los mejores o al menos a los más convenientes. Pues no. No es así. Y esta es una de las claves de nuestro elevado déficit democrático. Algo que vuelve a reafirmarnos en nuestra “diferencia”.

Nosotros nunca elegimos a nadie. Nunca sabemos a quién vamos a elegir más allá de las siglas del propio partido. Porque no me negarán, que hasta hace muy pocas fechas podíamos decir, sin temor a equivocarnos, que teníamos un parlamento de imbéciles. Basta con mirar los currículos o intervenciones de alguno de aquellos “lumbreras”, generalmente de la izquierda, pero también de esa mal llamada “derecha”, para descubrir lo obvio.

¿Existe algún país en el mundo que distinguiendo la imbecilidad, aun así la seleccione para que le gobierne? Parece que sí. Y eso…también nos hace diferentes.

La clave está en que nuestro Congreso, no representa al pueblo, sino a esa oligarquía de partidos que hemos dejado se apropie de nuestra democracia, y que dicen “representarnos”. De esta forma, unos señores generalmente conocidos como “barones” rebuscan entre sus filas hasta encontrar los nombres de amigos, familiares o conocidos, y nos los imponen “¡Votad a éstos!” nos dicen. Y puesto que hay confianza, les votamos. Además, ¡Es que no hay más solución que votarles!.

Imaginen, como es el caso, que el PSOE propone a un ególatra narcisista. La masa izquierdista, aún siendo consciente de ello le votará. Y lo hará, porque no hacerlo supone dar el triunfo a la tan temida derecha. Al contrario, si la derecha propone a un necio, como también ocurrió, todos votamos al necio aún a sabiendas de que lo es, porque al igual que en el caso anterior, no hacerlo suponía el triunfo del imbécil.

Dura tesitura la elección entre un necio y un imbécil. Más si consideramos que esta decisión nos llevó a tener un ególatra. Tan dura, que nos reafirma en nuestra diferencia.

La realidad es que somos confiados. Confiamos en nuestros jefes de partido, pero ya deberíamos saber que los jefes rara vez van a elegir a los mejores, les harían sombra. Un “buen” jefe, siempre buscará aquel ser de mediana inteligencia, buen adulador y poco o nada crítico con sus ideas, al que generalmente se califica de “incondicional” y así, en nuestro parlamento se logra lo impensable en cualquier democracia: la subsistencia de la oligarquía.

Seamos pues diferentes del todo. Y puesto que no estamos dispuestos a exigir Democracia ya desde las bases puesto que parece que nos gustan las cosas como están, ahorrémonos elecciones, campañas y gastos (Van cerca de cuatrocientos millones en los últimos seis meses). Coloquemos en el Congreso a los jefes de los partidos, de todos los partidos, y que éstos designen el número de diputados en proporción directa a los afiliados que el partido tenga. Tal vez no sea la solución, pero no me negarán que es barata.

Y acabo amigos, visto lo visto con un ¡Viva la Diferencia! ¿O no?