Un Grano en el Culo

Cataluña siempre fue “el grano en el culo” de una España en perpetua pugna por nacer. Y tal vez el problema sea éste. Tal vez el problema sea que España, como nación “voluntaria”, que España, como proyecto común de todos los españoles no haya nacido todavía, excepción hecha del “franquismo”

Podríamos, y no sería descabellado, definir a España como una “Monarquía Federal”.

Estamos acostumbrados a oír que los Reyes Católicos unieron en su Corona a los reinos que conformaban la España de la época. Pero nos negamos obstinadamente a admitir que la forma de gobierno de aquella España era la de una Monarquía Federal más que la de un Estado unitario.

Isabel de Castilla representaba los intereses de sus reinos: Castilla, León y Navarra. Y Fernando los de Aragón. En esa unión, la Corona de Aragón, mantuvo sus Fueros, su propia legislación, su propio Derecho Público y Privado. Pero incluso dentro de la propia Corona, la forma de gobierno también podría definirse como Monarquía Federal dado que estaba formada por dos reinos: Aragón y Valencia, y un Principado; Cataluña, sometidos a un mismo monarca pero dotados de autonomía legislativa. No hubo en ningún momento la voluntad política de unión. De haberla habido, el Rey Fernando podría haber abolido los Fueros y sometido a Aragón al Derecho de Castilla. O bien, la Reina Isabel podría haber hecho lo propio respecto de Castilla. Sólo así podríamos hablar de un Estado unitario.

Más tarde, Carlos I, Felipe II, Felipe III…todos, hasta llegar a Felipe V, mantuvieron esa estructura.

Felipe II pudo acabar con esa situación a raíz de un incidente sin relación directa con la Corona de Aragón, pero que acabó con la cabeza de Juan de Lanuza, Justicia Mayor, clavada en una pica. Era la ocasión perfecta. Sin embargo…

Felipe III, menos dotado que su padre “Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos” A los ojos de la Historia, fue el monarca más perezoso, y tal vez llevado por esa pereza sumada al reconocimiento de su incapacidad, introdujo la figura del “Valido”. Lo que podría equivaler a un Primer Ministro de la actualidad.

Desde Carlos I, España era gobernada por “Consejos”. El principal era el Consejo de Estado, presidido por el Rey y cuyos miembros formaban parte también del Consejo de Guerra. A continuación y por orden de importancia; El Consejo de Castilla que conocía de los asuntos de Castilla. El Consejo de Indias. El Consejo de Aragón. Consejo de la Inquisición. Consejo de Italia. Consejo de Flandes y Consejo de Portugal.

El Consejo de Aragón se ocupaba de los asuntos de los reinos de Aragón, Valencia, y Principado de Cataluña, actuando de enlace entre Madrid y los virreyes que regían Zaragoza, Barcelona y Valencia. Tenía la particularidad con respecto a los otros consejos, de que sus integrantes, a excepción del Tesorero, tenían que ser naturales de la Corona de Aragón.

El imperio que heredaron los Austrias, tenía como centro a Castilla, pero no todo era gobernado por las leyes castellanas. Ninguno de los Austrias osó desafiar la autonomía de los diferentes reinos, mucho menos intentar incorporarlos a un estado centralizado. Todos fueron reyes de España, pero sólo en Castilla y no en toda su poder era absoluto. Dentro de la misma Castilla, Vizcaya, Álava y Guipúzcoa gozaban de una relativa autonomía fiscal y administrativa.

La Corona de Aragón, se regía por unos “Fueros” o derechos constitucionales propios. Cada uno de sus territorios era gobernado independientemente. En cada uno de ellos había unas leyes y unos impuestos propios. El Rey, estaba representado por un Virrey. España era una unión “personal” que respetaba la independencia de cada una de las partes, y el único vínculo que unía a Las partes con Castilla eran los impuestos. Precisamente en este apartado residía el principal, y tal vez único punto de fricción. La negativa a contribuir a los gastos del Imperio era una constante y las excusas de lo más variopinto. Esta situación se daba incluso en provincias que administrativamente dependían de Castilla. Así, los únicos ingresos que percibía la Corona de las Provincias Vascas, era la procedente de las rentas producidas por los derechos señoriales, que ni cubrían los gastos administrativos.

En la Corona de Aragón, Valencia reproducía el mismo comportamiento que en Castilla las Vascongadas. Cataluña contribuía mínimamente y a regañadientes. Aragón…pasaba.

Hubo un hecho durante el reinado de Felipe III sobre el que se han buscado y dado todo tipo de explicaciones, sin hallar una plausible. La más aceptada; Motivos de seguridad nacional. Nos referimos a la expulsión de los moriscos. Algo que supuso cerrar definitivamente el capítulo de La Reconquista. Sin embargo, cuando vemos que en la época, la Corona de Aragón contaba con 600.000 habitantes, de los que más de 200.000 eran moriscos, suponer que fue un intento de debilitar a este reino, no es mucho suponer. Lo que si podemos afirmar, es que provocó un sentimiento de repulsa hacia lo que se consideró una intromisión de Castilla. Sentimiento que paulatinamente degeneró en rechazo

En Cataluña sin embargo no causó mayores problemas ya que la población morisca era mínima. Pero le sirvió para adquirir relevancia dentro del reino.

A principios del XVII la economía catalana estaba resentida, incapaz de competir en el comercio naval Mediterráneo con Francia. Al mismo tiempo, Francia comenzó a penetrar en el mercado catalán. El gobierno municipal, controlado por una oligarquía de hombres de negocios frustrados por su propia ineptitud, e incapaces también de asumir su responsabilidad, culpaban de sus males al Gobierno central, a Madrid.

Mientras que los nobles castellanos aceptaban vivir como plebeyos o se buscaban la vida en las indias o el ejército, el noble catalán, apegado a su tierra e imbuido de un provincianismo más allá de lo racional, encontraba su salida en el bandolerismo, el contrabando o la falsificación de moneda, teniendo auténticas redes clientelares sometidas por el soborno o el terror. Para estos hombres, la defensa de los Fueros era algo vital pues amparados en ellos podían hacer frente al poder de la Corona (tanto Aragonesa como Castellana). El ejercicio de la soberanía del Rey en Cataluña dependía de que respetara sus Fueros.

Cuando el Duque de Lerma, Valido de Felipe III se mostró dispuesto a poner fin a esa situación a través de la limitación del uso de armas, se dio de bruces con la dura realidad. La “Aristocracia” en pleno, invocó los Fueros, las libertades catalanas, “els usatges” y más porque no había.

Siempre fueron un pueblo difícil de gobernar. Con la misma fuerza se criticaba la intromisión de la Corona, como la indiferencia.

En 1616 el bandolerismo campaba a sus anchas en el campo, y tenía en la nobleza rural a sus protectores. Tal era el caos, que el Obispo de Vic se dirigió a la Corona para que pusiera fin a esa situación. Felipe III respondió nombrando Virrey al Duque de Albuquerque. Éste dijo al tomar el cargo: “En llegando a Barcelona, pondré en galeras a todo el Principado” No contaba con la oposición de su mayor enemigo: La Diputación. Era esta una comisión permanente de las Cortes, guardián de los Fueros, y representante de “todos” los catalanes. En realidad estaba al servicio de una oligarquía corrupta que sólo servía a los intereses de la Aristocracia. Era el centro del movimiento antigubernamental promovido por los nobles descontentos. 

Su poder financiero era muy superior al de la administración central, y de todos era sabido que sus miembros se llenaban los bolsillos con el dinero de los impuestos que supuestamente administraban. Albuquerque sabía que solo podía ejercer su labor a expensas de los Fueros catalanes, y así lo hizo. Ordenó la detención y ejecución de numerosos delincuentes, destruyó sus castillos y escondrijos, y de haberle dejado, hubiese logrado lo impensable: reconducir Cataluña por la senda del bien, pero la reacción de ese pueblo que veía desaparecer sus privilegios y su mayor fuente de ingresos, hizo que Felipe III ordenase el cese de las hostilidades volviendo Cataluña a su “normalidad”.

A Albuquerque le siguió el Duque de Alcalá. Éste centró su atención en los impuestos, empeñándose en recuperar “El Quinto” En medio de una protesta creciente contra la intención recaudatoria, Alcalá incluyó a Barcelona entre las ciudades que debían pagar. ¡Barcelona! Que debía atrasos desde 1598. Barcelona se negó a pagar, persistiendo en su negativa hasta la muerte de Felipe III en Mayo de 1621.

Felipe IV llegó al trono con 16 años y nula experiencia de gobierno, delegando éste en el Conde Duque de Olivares.

Olivares albergaba una idea: La unidad de España. Para ello expuso al Rey su idea:

Tenga V.M. por el negocio más importante de su monarquía el hacerse Rey de España; quiero decir Señor, que no se contente usted con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense con consejo mudado y secreto por reducir estos reinos que componen España al estilo y leyes de Castilla sin ninguna diferencia, que si V.M. lo alcanza, será el Príncipe más poderoso del mundo

El plan que elaboró Olivares incluía el uso de la fuerza, pero nunca se llevó a cabo. Con la intención de ganarse al menos a la Corona de Aragón, y por limar asperezas, nombró a Miguel Santos de San Pedro presidente del Consejo de Castilla.

Otra de las ideas de Olivares consistía en la “Unión de Armas” en la creencia, nada descabellada de que esa cooperación militar y económica, podría ser el primer paso para la unión política. Pero este plan, ¿cómo no?, chocaba con los Fueros, con los derechos autónomos de los demás reinos ¿Conseguir dinero y tropas en Aragón, Valencia y Cataluña, para utilizarlos fuera de las fronteras? ¡No!

En Enero de 1626 Felipe IV convocó las Cortes de Aragón en Barbastro (Huesca) con la intención de obtener dinero y hombres para la Guerra de los Treinta Años. Aragón dijo “no”

Las Cortes de Valencia convocadas en Monzón, después de mucho rogar, contribuyeron con algo más de un millón de ducados. Finalmente, Aragón al ver la actitud de Valencia, ofreció 144.000 ducados al año para mantener a dos mil hombres durante quince años.

Y llegó el turno de Cataluña.

Felipe IV había cometido el “tremendo” error de nombrar un Virrey para Cataluña ¡antes de jurar los Fueros! Los catalanes estaban cabreados. Para arreglar el entuerto, Olivares poco dado a genuflexiones, dado su carácter, hubo de realizar una, a la par que se bajaba el calzón. Tuvo que retirar, tanto la prohibición de llevar armas, como la exigencia del Quinto a Barcelona. Hecho esto, y convocadas las Cortes, todavía quedaba un obstáculo más: El propio mecanismo de las Cortes. En los asuntos de Gracia y Justicia, si cualquier miembro invocaba el “Disentimento” y éste era aceptado, se detenían todos los procedimientos. Obvia y reiteradamente fue convocado y aceptado. A tal punto llegó la desesperación de Felipe IV que hizo llegar a las Cortes un mensaje urgente:

Hijos, una y mil veces os digo y os repito que no solo no quiero quitaros vuestros Fueros e inmunidades, sino añadir otros muchos de nuevo…
Consideréis que servir con gente pagada como se os propone no solo no hacéis contrafuero ni contra lo que tantas veces habéis hecho, sino que advirtáis que os propongo el resucitar la gloria de vuestra nación y el nombre que durante tantos años ha estado en el olvido, y que tanto fue el terror y la opinión común de Europa, deseando por este medio ver los primeros lugares de mis reinos vuestros naturales como es cierto les pondrán su valor y glorioso esfuerzo

Elliott, The Revolt of the Catalans

Pero 16.000 hombres era un precio demasiado alto para esa grandeza, y…volvieron al Disentimiento. Tras varias semanas de intentos infructuosos, Felipe IV clausuró las Cortes y marchó de Barcelona, más cabreado que contrariado, y sin recibir ni un solo “lliure” de los catalanes.

Pero Olivares, se había comprometido a solucionar el problema y comenzó a aumentar la presión fiscal sobre el Principado, lo que también incrementó el resentimiento de los catalanes hacia Castilla, y lógicamente, lo mismo a la inversa.

En 1635 estalló la Guerra Franco – Española y Cataluña pasó a ser un problema político, además de fiscal. Al ser Cataluña vecina de Francia era también un problema estratégico. Su negativa a colaborar era exasperante. Tanto, que incluso se temía su traición. Traición que Olivares, imbuido de un absurdo buenismo pese a la evidencia, se negaba a contemplar.

En 1638 Francia sitió la ciudad de Fuenterrabía. Acudieron tropas prácticamente de toda España, pero los catalanes, invocaron sus Fueros que les impedían luchar fuera de sus fronteras y no acudieron.

Olivares, al planificar las operaciones militares en 1639 decidió utilizar Cataluña como teatro de operaciones contra Francia. “Ya que vuestros fueros no os permiten luchar fuera de vuestras fronteras, os llevaré la guerra a casa” El resultado de la campaña fue desolador. Los catalanes desertaban en masa. A finales de 1640 Olivares ya había perdido la paciencia: “Que se ha de mirar si la constitución dice esto o aquello y el usatge, cuando se trata de la suprema ley que es la propia conservación de la provincia. Los catalanes han menester ver más mundo que Cataluña” Un miembro de la Diputación y dos del Consejo de Barcelona fueron encarcelados y se implicó a Cataluña en la campaña de 1640. Pese a toda evidencia, Olivares estaba convencido de que llegado el momento serían leales.

Nada más lejos de la realidad. En Mayo de 1640 estalló una rebelión abierta que se sumaba a la guerra ya iniciada con Francia. Los campesinos de Gerona y La Selva, atacaron a los tercios allí acantonados. A finales de Mayo fuerzas de payeses penetraron en Barcelona. En Junio se les unieron los segadores haciéndose con la ciudad. Los jueces reales fueron perseguidos como animales. El Virrey, asesinado en una playa de Barcelona cuando intentaba huir,

Ante estos sucesos, todos en Madrid coincidían en que había llegado el momento de reducir Cataluña de una vez, por todas. Todos, excepto Olivares, que creía que con algo así como una reprimenda y algunas concesiones Cataluña acabaría cediendo.

La rebelión de Cataluña, sin embargo, no fue contra la Corona. Fueron los catalanes pobres contra esa nobleza que les oprimía. Una rebelión de pobres contra ricos y de la que la guerra con Francia fue el detonante. Los rebeldes, desde el primer momento atacaron las propiedades de los ricos, sus haciendas, sus posesiones. Los Aristócratas, con su supina estupidez habían desatado los horrores de la guerra civil.

Cuando Felipe IV se decidió a aplastar la revolución, sus cabecillas, para evitar represalias se pusieron bajo la protección de Francia. Tal era su coherencia. Viéndose incapaces de gobernarse por sí mismos, buscaron protección en los enemigos de España.

Olivares comenzó los preparativos para intervenír Cataluña, pero aún entonces, su intención no era destruir las instituciones catalanas, sino aquello que fuera indispensable para “recuperar el buen gobierno y justicia, y uniformidad con los demás reinos de la Corona”.

La Diputación por su parte, conocedora de los catalanes y sabiendo que su actitud para luchar contra España era la misma que cuando les tocó luchar contra Francia, nula, recurrió a París solicitando ayuda militar.

¡Lo consiguieron!. La Burguesía había alcanzado al fin su sueño de ser iguales a Castilla. Al igual que Castilla eran ahora víctimas de la guerra. Obligados a soportar enormes gastos de defensa y el consiguiente empobrecimiento. Posiblemente, y a raíz de estos acontecimientos, los catalanes comenzaron a desarrollar ese complejo que les caracteriza y que acabó degenerando en ese otro fenómeno, también característico: el Victimismo.

Porque se ha de ser muy, pero que muy necio, para cambiar una monarquía que respetaba sus Fueros, sus usos, su lengua que aunque limitado su uso al ámbito rural se usaba, por otra absolutista que abolió sus Fueros, prohibió sus “usatges” y su lengua, además de obligarles al pago de impuestos y mantenimiento de su tropas.

Barcelona se rindió el 13 de Octubre de 1652 aceptando la soberanía de Felipe IV y a su hermanastro D. Juan de Austria como Virrey. Felipe IV se comprometió a conservar las constituciones catalanas, y la idea de Olivares de una España unida, se desvaneció. 

Se perdió el Rosellón y el Conflent, pero se “recuperó” la lealtad de Cataluña. Aquellos catalanes aprendieron que la independencia era cara, y que no poseían recursos para mantenerla. Aprendieron que a pesar de todo, depender de España no era tan malo como hacerlo de Francia. Pero no tardaron en olvidarlo.

De un pueblo instalado en el resentimiento durante siglos, no cabía esperarse lealtad. Esto quedó demostrado cuando 1676, y ya bajo el gobierno de Carlos II, los Grandes de España iniciaron una revuelta contra lo que consideraban inaceptable; Valenzuela, un plebeyo, había sido elevado a la categoría de “Primer Ministro”. Cosa que a la Aristocracia no sentó nada bien.

D. Juan de Austria, que ya había sido Virrey de Cataluña, y movido por el resentimiento, encabezó la rebeldía de los Grandes contra la Corona.

En Enero de 1677 D. Juan cruzó la frontera entre Aragón y Castilla al mando de 15.000 hombres, entre los que se encontraban miembros de la “nobleza” catalana. Ahora, el imperativo foral que les impedía luchar fuera de Aragón carecía de importancia. Contaba el beneficio que de ello pudieran sacar.

Carlos II se vio abandonado por todos. La guarnición de Madrid se disolvió y los Grandes entraron el 23 de Enero sin ninguna oposición. Valenzuela, destituido y apresado. D. Juan de Austria tomó el poder en lo que fue un autentico golpe de estado. Por primera vez en España se imponía a un Rey, por la fuerza de las armas, un gobierno. 

Para recompensar su fidelidad se perdonaron a la Corona de Aragón todas sus deudas. Cataluña fue la más beneficiada, se la eximió de contribuir a los gastos durante 20 años, y la promesa de no volver a reclamar las cantidades atrasadas. 

“Roma no paga traidores” España sí.

Tras la muerte de Carlos II sin descendencia, llegó el cambio de dinastía. La Corona recayó sobre Felipe V, el primer Borbón en acceder al trono en España. Un rey absolutista que en un principio se mostró dispuesto a aceptar las cosas como estaban.

En Octubre de 1701 juró los Fueros en la convocatoria de Cortes de Barcelona. En Abril de 1702 La Reina María Luisa de Saboya juró los Fueros de Aragón. Todo parecía indicar que las cosas continuarían como estaban, Pero sólo era apariencia.

Carlos II, había puesto como condición para designar a Felipe V como sucesor, no unir las dos Coronas; La Española y la Francesa. Pero Inglaterra, Holanda y Dinamarca vieron en esto el nacimiento de una superpotencia que podría dominar Europa. Decidieron entonces apoyar la causa del Archiduque Carlos de Austria sobre quien también recaían derechos sucesorios al trono español. 

La Corona de Aragón no tardó en posicionarse del lado del Archiduque ante el peligro que representaba para estos estados el absolutismo del francés. 

Felipe V se vio inmerso así en una guerra civil, además de la guerra contra la Alianza. Las hostilidades comenzaron en 1701 pero es en 1702 cuando comienza oficialmente la Guerra de Sucesión.

El ejército combinado invadió España. Los catalanes, que recordaban el trato recibido por Francia cuando se colocaron bajo su protección, no dudaron en apoyar decididamente al Archiduque a pesar de que Felipe V al jurar sus Fueros les concedió cuanto exigieron: Un puerto libre, la reforma tributaria, una compañía marítima y el acceso directo al comercio con América. Pero… no era suficiente. El peligro de un Estado centralizado y la pérdida de privilegios, pesaba más que la exigible lealtad de un pueblo frente al invasor extranjero.

Al ponerse del lado de Inglaterra, la defensa de los Fueros ya no era más que una mera excusa para consumar la traición a quienes debían su “ser”

En 1705 prácticamente toda Cataluña estaba al servicio de los ingleses. Aquellos que obstinadamente habían negado su apoyo a Castilla al amparo de unos Fueros que les impedían luchar fuera de sus fronteras, una vez más, no dudaron en quebrarlos por mor de un “bien mayor”: el desmembramiento de España.

En Julio de 1706 el ejército aliado entró en Madrid. El Archiduque proclamado Rey con el nombre de Carlos III y los “Migueletes”, grupos de campesinos catalanes armados, patrullaron por Madrid sembrando el terror, y al servicio, que no de las órdenes del Archiduque.

Esta humillación sirvió para que los castellanos abandonaran su habitual indolencia y en Abril de 1707 derrotaron a las tropas de la Alianza en la célebre batalla de Almansa. Este triunfo sirvió a Felipe V para imponer la “Nueva Planta” y abolir los Fueros de Aragón y Valencia.

Lérida se rindió en Noviembre de 1707. Tortosa en Julio de 1708. La resistencia se concentró en Barcelona confiando en la negativa de la Alianza a aceptar un Borbón en el trono de España.

Mientras tanto el Archiduque reclamaba dinero a los catalanes para mantener a su ejército. Los catalanes, a cambio reclamaban más privilegios. (Era lo suyo) Así, un tanto asqueado, al igual que todos los que se habían relacionado con los catalanes, y guiados por los cambios en el teatro internacional, en 1711 el Archiduque abandonó España para convertirse en Emperador. Inglaterra abandonó la guerra para negociar la paz. Para los ingleses, Cataluña ya no era un objetivo. Además Inglaterra calificaba los Fueros como algo opuesto a sus propios intereses y la misma Constitución de Castilla que al fin y al cabo era la potencia con quien se negociaba la paz. Aún hicieron a pesar de todo los ingleses una concesión a los catalanes, introduciendo los Fueros y privilegios de Cataluña como condición. Felipe V fue muy claro: “Jamás concederé a esos canallas y sinvergüenzas privilegio alguno pues dejaría de ser Rey si lo hiciera

Al ver lo inflexible de esta postura se firmó la paz y los catalanes se negaron a aceptar que otra Constitución estuviese por encima de la suya. Rechazaron la paz. Y lo hicieron guiados por la idea de que Inglaterra, al ver que continuaban la lucha, valorarían seguir ayudándoles a cambio de convertirse en colonia británica. Lo que ignoraban es que los ingleses estaban tan asqueados como el mismísimo Archiduque de las absurdas exigencias de los catalanes, y entonaron el famoso “Ahí te quedas”

El 10 de Julio de 1714 declararon la guerra a España. El 11 de Septiembre del mismo año y con Barcelona prácticamente reducida a cenizas se rindieron. Todo vestigio de sus instituciones fue eliminado.

Felipe V fue así el primer Monarca español en gobernar una España unida. Por primera vez desaparecían las aduanas internas y las mercancías de los diferentes reinos podían viajar libres de cargas por todo el territorio nacional. En 1757 se dictó el Decreto que permitía la libre circulación de mercancías.

1714 marcó el inicio del despegue económico de Cataluña. Pero no por mérito propio, ni mucho menos. Los trágicos acontecimientos de 1714 crearon un sentimiento de culpa en un amplio sector de la Aristocracia española. Un sentimiento avalado porque no todos los catalanes habían secundado el enfrentamiento contra España. Lo que ocurrió en Barcelona fue lo más parecido a una guerra civil que pueda describirse. Catalanes por España se enfrentaron a catalanes independentistas. Y es que la Historia es tozuda. Así, este complejo de culpabilidad fue el inicio de una política proteccionista hacia Cataluña, que incluía desde inversiones para desarrollar sus infraestructuras, hasta la creación de impuestos que primaban el producto catalán de inferior calidad, sobre los bienes manufacturados en Europa. Una política que se ha mantenido sin excepciones prácticamente hasta nuestros días. Si no en la forma impositiva, si en las inversiones. Una fórmula que obviamente no ha dado los resultados deseados.

A lo largo del S. XIX los ascendientes de los que hoy encabezan el movimiento secesionista catalán, monopolizaron el comercio de esclavos con América, a pesar de las prohibiciones al respecto de la Corona. Con base en ese comercio se fraguaron las grandes fortunas de la actual Burguesía. Eran los que se oponían a la autonomía de Cuba. Los que monopolizaban la industria de la caña de azúcar, los que con su intransigencia provocaron la independencia de la isla en 1898. Los mismos que facilitaron el advenimiento de la II República primero, y el Alzamiento de 1936 después. Y fueron los que como premio a los servicios prestados, recibieron la industrialización que les llevó a ser el “motor” de la economía española en detrimento de otras regiones que siempre fueron fieles a España. La “Cosa Nostra” es un juego de niños en comparación con los modos de la Burguesía catalana.

Resumiendo:

Desde los Reyes Católicos hasta Felipe V, en que la forma de gobierno de España puede ser definida sin lugar a error, como una Monarquía Federal, la deslealtad cuando no la traición de Cataluña hacia España fue una constante.

A partir de 1714 con Felipe V y hasta nuestros días, su lealtad se ha mantenido a base de privilegios, y es que como todos sabemos, y el burgués catalán mejor que nadie, “El dinero no tiene patria”.

Sabiendo esto ¿Quién se atreve a garantizar que en una supuesta España Federal, en esa “Nación de Naciones” como los socialistas la definen, Cataluña será fiel al Estado cuando las pruebas apuntan en contrario?

¿De verdad supondría un “avance” la vuelta a la forma de Estado del S. XV?

Aprendamos de una vez por todas de la experiencia, y pongamos fin a este absurdo que dura ya demasiado. Sólo desde una España unida lograremos alcanzar el lugar que nos corresponde. Si desde una unidad “impuesta” como fue la de ese tan denostado periodo que llamamos “Franquismo”  nos colocamos como séptima potencia económica mundial ¿Imaginan lo que lograríamos desde una unidad voluntaria?

Incluso Cataluña podría dejar de ser “El grano en el culo”